ÉXITO Y FRACASO: EL PUNTO DE QUIEBRE

 

POR HOWARD GARDNER

Somos ”bolsas mixtas” de experiencias que pueden llevarnos por muy distintos rumbos. Entre más control tomamos de nuestra vida, entre más decidimos por nosotros mismos nuestros objetivos y nuestros ejemplos a seguir, más probable es que lleguemos a ser la persona que queremos.

Nadie hace teorías sobre el origen del universo —dejamos la tarea a los cosmólogos—. Todos tenemos teorías sobre el éxito y el fracaso de personas con antecedentes y habilidades semejantes. Quienes creen en la biología, tienden a atribuir el éxito o el fracaso a los límites de la personalidad inscritos en los genes. Para los religiosos y los místicos, nuestro destino está en manos de los dioses. Quienes tienen una visión más prosaica o una forma matemática de pensar, creen que el éxito puede ser cuestión de suerte, la feliz repetición de los dados del mundo.

Desconozco las trayectorias de Pelé y Maradona, estrellas del futbol cuya vida fuera de las canchas tomó rumbos tan distintos. Nada puedo decir sobre ellos. Pero como psicólogo que ha estudiado por años a seres humanos de excepción, algo puedo decir sobre lo que conduce al éxito o al fracaso.

Imaginemos dos gemelos del mismo óvulo y el mismo espermatozoide que tienen, por tanto, exactamente los mismos genes. Gracias a los milagros de la cirugía moderna, un embrión de esos gemelos es puesto en un vientre, y el otro, en otro. Los mismos genes, diferente lugar de gestación. Durante los siguientes nueve meses el embrión A (que se convierte en feto A y luego en gemelo A) tiene cinco experiencias positivas cada día: buena alimentación, posición corporal confortable, etcétera. Menos afortunado, el embrión B tiene cinco experiencias negativas cada día —alimentación tóxica de una madre que bebe alcohol, periodos imprevisibles de tensión, etcétera—. Al momento de nacer, A puede haber tenido 1,350 experiencias positivas, B pudo tener 1,350 experiencias negativas. Una diferencia, por decirlo así, de 2,700 experiencias favorables y desfavorables antes de nacer.

Multiplíquese esta diferencia por cinco años, hasta el momento en que los niños suelen entrar a la escuela. Siguiendo el mismo cálculo, A tendrá más de 10,000 experiencias positivas cada día.

Hay vidas que se dirigen sin sombra de duda hacia el éxito y otras que se encaminan al fracaso. Pero la mayoría somos una amalgama de capacidades, condicionamientos y experiencias. En los primeros años de nuestra vida, esta combinación puede llevarnos en distintas direcciones. Poco a poco, sin embargo, las experiencias empiezan a acumularse en un sentido o el otro, y encuentran su punto de quiebre. Como en una carrera a campo traviesa, una vez que se avanza en cierta dirección —salud o enfermedad, honestidad o crimen, éxito o fracaso- crecen las posibilidades de que uno termine corriendo en ese sentido.

El pobre B, con cinco experiencias negativas por día. habrá tenido más de 10,000 experiencias negativas. Así las cuentas, antes de que pongan el primer pie en una escuela, más de 20,000 experiencias contrastantes habrán separado a los dos jóvenes.

Aunque estos niños tengan los mismos genes y sea difícil distinguirlos, ¿quién puede dudar de que tendrán muy distintas oportunidades en la vida? Es del todo probable que A tendrá una visión luminosa de la vida. La esperará buena, saludable, estimulante, abierta a la experimentación. En agudo contraste, B sería una especie de basurero vivo: temeroso, reacio a experimentar, esperará lo peor y se orientará, posiblemente, hacia una vida de neurosis o crimen o suicidio.|

Puede imaginarse, desde luego, otro escenario. Quizá las experiencias demasiado positivas incapaciten a A para las vicisitudes de la vida. Las experiencias negativas, en cambio, pueden fortalecer la resistencia y la decisión de B. No sostengo que todas las experiencias deben ser positivas y ninguna negativa. Señalo, más bien, que el tipo de experiencias que se tienen día con día —especialmente si son recurrentes— tienen una influencia profunda en la clase de persona que se termina siendo.

Nadie nace bueno o malo, destinado al éxito o al fracaso. Hijos de la realeza, la aristocracia o el privilegio, pueden llegar a ser desastres humanos. Hijos de los más humildes orígenes pueden llegar a ser grandes figuras políticas, religiosas o intelectuales. La vida se construye cada día, con cada experiencia. Nos resulta más fácil explicar a quienes tuvieron todo desde el principio, como John F. Kennedy, con riqueza, privilegios, inteligencia, encanto y buena pinta. No sorprende que tantos Kennedy hayan triunfado en la vida pública. Es fácil también explicarnos la postración de quienes están encerrados en el círculo de la privación, eso que el antropólogo Oscar Lewis llamó alguna vez la “cultura de la pobreza” y lo que el sociólogo William Wilson llama hoy “los verdaderamente desprotegidos” (disadvantaged). Las personas que no tienen parientes, ni recursos materiales, ni una buena educación son más proclives a tener vidas de desesperación.

Los casos inquietantes son los de individuos cuyo destino vital pudo ir a un lugar o a otro. Hitler, Stalin, Mao y Mussolini son conocidos como grandes villanos del siglo XX, responsables de muertes sin fin. Pero Hitler quería ser arquitecto, Stalin estudió en un seminario, Mao era un campesino que se hizo bibliotecario e intelectual, Musssolini destacó en sus inicios como periodista. Pudieron haber terminado como oscuros trabajadores o respetados profesionistas. En la esquina santa del panteón humano están Gandhi. que llegó a Inglaterra siendo un joven dandy; San Agustín, que pasó años parrandeando y frecuentando burdeles; los dos terminaron teniendo vidas ejemplares. Creo que no hubo ninguna experiencia específica que convirtiera a estas personas en héroes o villanos, santos o pecadores. Hay, más bien, una constante acumulación de cierto tipo de experiencia que inclina gradualmente la balanza hacia el bien o el mal. el éxito o el fracaso, el heroísmo o la villanía.

Un ejemplo excelente es el del líder negro Malcolm X, cuyo nombre original es Malcolm Little. Nacido en Boston en 1924, fue un delincuente menor y cayó en la cárcel. Tenía personalidad y podía haber sido un jefe del bajo mundo. Pero Malcolm aprendió a leer, estudió textos religiosos, la situación política de su tiempo y entendió que podía utilizar sus capacidades en cosas constructivas. Se unió a los black muslims, se volvió ministro, gran orador y surgió en los años sesenta como figura inspiradora de muchos jóvenes afroamericanos. Partidario en sus inicios de la separación racial y la violencia, se convirtió al Islam tradicional y adoptó los medios pacíficos. Por más de una década, Malcolm pudo tomar un camino u otro: hacia la disipación y la vida destructiva o hacia la salvación personal y una vida sana. Su asesinato en 1965 impide saber dónde habría terminado, pero creo que iba en una dirección positiva.

Aprovechando un término acuñado recientemente por el periodista Malcolm Gladwell, hablo de la aparición de un punto de quiebre (tipping point). Hay vidas que se dirigen sin sombra de duda hacia el éxito —el destino A— y otras que se encaminan al fracaso, pequeño o grande —el destino B—. Pero la mayoría somos una amalgama de capacidades, condicionamientos y experiencias. En los primeros años de nuestra vida, esta combinación puede llevarnos en distintas direcciones. Poco a poco, sin embargo, las experiencias empiezan a acumularse en un sentido o el otro, y encuentran su punto de quiebre. Como en una carrera a campo traviesa, una vez que se avanza en cierta dirección —salud o enfermedad, honestidad o crimen, éxito o fracaso— crecen las posibilidades de que uno termine corriendo en ese sentido. Hay, sin duda, experiencias damasquinas: la conversión de San Pablo en su camino a Damasco. Pero estos quiebres inesperados ocurren mucho más cuando las personas tienen veinte años que cuando tienen cincuenta. Puestos a comparar a Pelé y Maradona, puedo especular como sigue. En la mejor de las opciones, un individuo como Pelé parece haber tenido muchas oportunidades para ser constructivo, y también muchas oportunidades para rechazar la tentación. Con el tiempo, parece haber desarrollado hábitos que lo mantienen en un rumbo predominantemente sano; es cada vez menos factible que se hunda en un patrón de vida destructivo. Por contraste, Maradona, enfrentado a opciones semejantes, escogió al principio las menos positivas. Entró en una espiral donde empezó a ser predecible que seguiría un curso destructivo. Y aunque siempre hay posibilidad de redención, al paso del tiempo es cada vez más difícil.

Hasta ahora he retratado el destino individual como un fenómeno más bien pasivo: las experiencias “pasan”. Pero en realidad el acontecimiento y la responsabilidad residen también en el mismo ser humano. Hay experiencias sobre las que tenemos poco control, pero es cosa nuestra cómo las interpretamos, las encuadramos y reaccionamos a ellas. A menos de ser completamente determinista —y no lo soy— hay que conceder gran parte de la responsabilidad a la persona misma. En particular, cuando la persona tiene muchas oportunidades, como en el caso de una estrella del futbol (o un político como Bill Clinton o una princesa como Diana o un cantante como Mick Jagger).

Quizás unas cuantas personas —como nuestras hipotéticas A o B— hayan padecido experiencias tan extremas que sus destinos fueran fijados cuando eran muy jóvenes. Pero la mayoría de nosotros somos “bolsas mixtas” de experiencias que pueden llevarnos por muy distintos rumbos. Entre más control tomamos de nuestra vida, entre más decidimos por nosotros mismos nuestros objetivos y nuestros ejemplos a seguir, más probable es que lleguemos a ser la persona que queremos. Y para ampliar las posibilidades de lograr eso, es útil hacer regularmente la “prueba del espejo”. Mirarse en el espejo y preguntar: “¿Soy lo que quiero ser?”. Y si no: “¿Qué debo hacer para acercarme a lo que quiero?”. Diría que Maradona no hizo suficientes veces la prueba del espejo y que Pelé la practica con frecuencia

 

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